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domingo, junio 26, 2022

Periodista vocero del régimen castrista llega a la frontera y dice estar arrepentido

El periodista oficialista de la TV Cubana, analista internacional, Yunior Smith, confirmó en sus redes sociales que se encontraba camino a la frontera de Estados Unidos con el objetivo de emigrar de manera permanente, porque según él, se cansó del régimen y aquella «mierda putrefacta».

Yunior Smith descalificó en múltiples ocasiones a la oposición cubana y dijo que líderes como José Daniel Ferrer eran de «mala calaña». El vocero del régimen aseguró que vivirá como un inmigrante más en los Estados Unidos y que se decepcionó del comunismo.

“Mi viaje comenzó como el de otros miles de cubanos que en los últimos meses se cansaron de arar en la arena y decidieron marchar, escapar de tanta mierda putrefacta, de la mentira, de la desesperanza”, empezó diciendo en la publicación.

Smith ahora confesó que tiene dolor hacia el gobierno endemoniado que provoca “divisiones de familias, sueños truncados, vidas jodidas para siempre por una política mezquina, cargada de orgullo, de rencor, y la jodida mentira que lo hace todo turbio, oscuro, incierto”.

Dijo además que poco a poco fue dándose cuenta de que el “bloqueo” no era el culpable de todas las limitaciones y las malas decisiones en la isla. Dijo: “con el asco por aquella bofetada infame del ministro de cultura, por la crisis sanitaria en Matanza, con el abuso policial asqueroso del 11 de julio, con el llamado de Canel a enfrentar cubanos contra cubanos, con palos, como perros”. También dijo que tenía un hermano preso político en Cuba.

Captura de su publicación en Facebook

Aquí su texto íntegro:

Mi viaje comenzó como el de otros miles de cubanos que en los últimos meses se cansaron de arar en la arena y decidieron marchar, escapar de tanta mierda putrefacta, de la mentira, de la desesperanza. Empezó llorando mares mientras abrazaba a mi familia. Un llanto amargo, desgarrador, por la posibilidades de no verlos nunca más, de morir en el camino; un llanto de esos que provocan dolor en el pecho, que dejan vacío y rompen el alma porque nadie quisiera renunciar a ver a los suyos, a su proyecto de vida, sus amigos, el lugar donde nació.

Mi viaje empezó allí, con los míos, con lágrimas, dolor y mucho resentimiento hacia el gobierno endemoniado que provoca divisiones de familias, sueños truncados, vidas jodidas para siempre por una política mezquina, cargada de orgullo, de rencor, y la jodida mentira que lo hace todo turbio, oscuro, incierto. Pero mi viaje también empezó antes. Mucho antes. Me fui alejando poco a poco mientras estudiaba las realidades de otros países y no encontraba soluciones para el mío.

Empezó cuando comencé a notar que «el bloqueo» no es culpable de todas las políticas fallidas que una y otra vez se inician como soluciones redentoras de una economía muerta, que no llegan a ninguna parte, ni es culpable del abuso, el engaño, la burocracia, la corrupción y las muchas malas decisiones a lo interno.

Comenzó con el profundo desprecio hacia los ministros con cuellos ausentes y barrigas desbordadas que esbozan explicaciones que ni ellos mismos entienden (ni creen), con los inescrupulosos llamados a la resistencia del pueblo, a los votos de confianza de la gente cansada de confiar, porque las consignas y la espera no llena barrigas, ni viste o calza a los niños. Comenzó con el asco por aquella bofetada infame del ministro de cultura, por la crisis sanitaria en Matanza, con el abuso policial asqueroso del 11 de julio, con el llamado de Canel a enfrentar cubanos contra cubanos, con palos, como perros. Me decepcioné profundamente por las tiendas en MLC, con las mentiras con que adornaron la decisión y las mentiras con la que justificaron toda la mierda que armaron; la profundización de las brechas sociales, el hambre, las colas inmensas, maquilladas otra vez por el «gobierno», haciendo lo que mejor sabe: buscar culpables, culpar al pueblo, a la gente, los coleros, e imponer multas a diestra y siniestra, porque son expertos en imponer el miedo, su mejor arma para mantenerse en pie tantos años.No miento, no podría mentir. Ya no.

Reconozco que era un convencido y un romántico enamorado del sistema. Así me lo inculcaron por años, y aunque encontraba errores, y criticaba desde siempre, lo hacía con la vista nublada por los conceptos adquiridos desde niño: «todo fuera mejor sin el bloqueo», «este gobierno busca el bien de todos», «un mundo mejor es posible»… Iluso. Tanta mierda atragantada en el pecho por años puede llegar a convencer.También el deseo de ser diferente caló profundo en mí. Casi nadie sabe que tengo un hermano preso político, Kessell Rodríguez. Temprano aprendí que enfrentarse al gobierno significa ir a prisión, recibir golpes, maltratos, torturas; significa tiempo aislado sin que tu familia sepa de ti, huelgas de hambre en defensa de derechos; dolor familiar, preocupaciones, separación. Y al final nada cambia. Yo no quería eso para mi vida ni para mi familia, mi madre… por eso hice todo lo posible por convertirme en un «hombre de bien».

Estudié y traté de hacer bien mi trabajo al graduarme. Me esforcé por superarme, en ser de los mejores… Traté de no repetir el patrón, aunque pudiera ser juzgado de cobardía. Lo prefería, quería demostrar que es posible vivir en Cuba dignamente. Pero es imposible, y bien lo sé ahora. Por supuesto que los que conocían mi parentesco con un preso político, la Seguridad del Estado, hicieron solapadamente todo por comprobarme, y las tareas fueron cada vez mayores y más fuertes. Y yo cumplí. Hice mi trabajo lo mejor que pude, porque era demostrarles mi valía o perecer, perder mi trabajo o que me apagaran lentamente como al final lo hicieron. Realicé reportajes siguiendo fielmente las continuas líneas de mensajes enviadas desde «arriba», leí, entoné; fui varias veces a la oficina del jefe a preguntar ¿qué quieres que diga?, cuando no encontraba explicaciones ni formas de defender lo indefendible, cuando yo mismo estaba de acuerdo con lo que me hacían denunciar. Hice mi trabajo. Pero otra vez caí en desgracia: me casé con una estadounidense. Intenté, como pude, mantenerme en pie ante las pruebas, pero cada vez tenía menos deseos de callar, de doblar la cabeza.

Me vi envuelto muchas veces en una guerra que no me aportaba ningún beneficio, que no inicié ni tenía argumentos para defender. Todos vieron en pantalla al Yunior Smith que criticaba a otros gobiernos, nadie jamás supo las veces que dije No. Cuando me pidieron justificar los palos a los manifestantes del 11 de julio con la prisión del rapero español y me negué a semejante locura, porque la censura y la persecusión está mal en España y también en Cuba. Nadie vio el comentario que me pidieron hacer sobre Yunior García después del 15 de noviembre, porque lo censuraron.

Entonces dije que en Cuba era necesario profundizar las prácticas democráticas, que mientras la economía estuviera en crisis surgirían otros opositores, porque es totalmente legítimo culpar al gobierno y su política de los males económicos de la nación y fue demasiado para los que dirigen ese noticiero. Nadie supo que dije No cuando me pidieron hacer un reportaje sobre la inflación en America Latina, cuando el dólar estaba a casi 100 pesos en Cuba y el «gobierno», cruzado de brazos, dejaba a la gente subsistir en la miseria sin hacer otra cosa que adornar con consignas inertes los discursos decadentes y cada vez menos escuchados. Ellos no quieren comentarios periodísticos, no quieren opinión, quieren panfletos gastados y manidos, aunque nadie les crea.

Y menos mal que no estaba expuesto a temas así de bajos todo el tiempo, porque mis trabajos eran fundamentalmente de temáticas internacionales. Porque todo el mundo sabe o debería saber que la «prensa oficialista» en Cuba es monigote y marioneta, para sostener en el poder a los que viven del poder. Víctimas en mayoría de un sistema asqueroso que nos usa y ni siquiera nos paga bien. Porque muchos creen que todos tenemos altos salarios, y carros y jabas de comida, y solo unos pocos venden su alma a niveles tales que les otorgues tales beneficios. Ignoran que compramos la mayoría de nuestra ropa y nuestro propio maquillaje, que vamos en guagua a trabajar y que ni almuerzo hay para los que se quedan horas dentro de esa redacción. Muchos de mis compañeros piensan como yo, son seres humanos dignos y sabes que son usados por ese sistema. Pero prometí no decir sus nombres ni nunca revelar lo que hemos hablado, criticado, reído a escondidas; las veces que nos asqueamos juntos por la peste a sucio, descompuesto y moribundo de lo que estábamos obligados a defender.

Nadie ignore que el miedo es un arma poderosa de las dictaduras. Y muchos tienen miedo de perder lo poco que han conseguido, por ellos, por sus familias, por hacer lo que aman. Porque no hay otra prensa legal, y la que se opone al gobierno son también víctima de escarnio, de persecusión y hasta de cárcel. No todos estamos dispuestos. Aunque nunca haya dejado de admirar a los que fueron mis compañeros en la universidad, y mis profesores que han tenido el valor de decir lo que yo no. Los que no han mentido sin escrúpulos de mí u otros, o han usado la vida personal para criticar posturas, y no han arremetido contra todo y todos, creando odios entre cubanos, sino que han sido consecuentes realmente con la realidad en el país. Ellos saben quiénes son.

Sí, mi viaje comenzó antes. Comenzó con el asco y la decepción amarga por la experiencias vividas en el Estelar, por los jefes que pagan con favores y privilegios a cambio de sexo; por el acoso sexual desde el poder, secreto a voces que nadie denuncia por miedo; por las putas de pantalla, por el amiguismo y favoritismo inherente a ese sistema que no beneficia al más capaz, sino al más guatacón, al que demuestra ser más revolucionario, más comunista, al más chivatón, al más dispuesto a venderle el alma al diablo. Empezó por la decepción provocada por mi jefe cuando dijo en mi cara que él en mi posición (casado con una estadounidense) se hubiese ido del país (y ojalá te partan las patas por hipócrita, doble moral y desvergonzado hasta la médula). O cuando me dijo que era muy inteligente, por una publicación que hice el 14 de julio donde mostré, como pude, mi postura sobre las protestas del 11.

Empezó por la pena que sentí con mis compañeros que me aconsejaron no seguir publicando cosas así, porque no vale la pena buscarse problemas, porque «ese sistema no lo tumba nadie». Mis ideas, o «mi primavera», como le llamaban algunos a mis menguantes deseos de callar, de agachar la cabeza y obedecer, hicieron que fueran apagando poco a poco mi carrera, disfrazados de mil escusas. Una guerra psicológica y de desgaste en la que yo tenía todas las de perder. Ellos son expertos defenestrado gente, así lo dije una vez frente a mi jefe (¿Se acuerdan?), y nunca tuvo valor para encararme por lo que dije, prefirió pedirle a otros que lo hicieran.

Nunca me han faltado los coj… para defenderme y los que trabajaron conmigo bien lo saben.Tal vez por mí mismo me hubiera quedado, asqueado toda la vida, pero ahí. O tal vez, hubiese cambiado de trabajo, como tantas veces pensé. Pero preferí irme. Escapar por mi vida mientras puediera. Porque también ya soy padre. Mi hija tiene doble ciudadanía, y no me perdonaría jamás a mí mismo, que teniendo ella la posibilidad de vivir en libertad, en otro país y con otras condiciones, se vea obligada a crecer en la misma podredumbre en la que yo. No sería un buen padre. No sería un buen hombre. Pude esperar a terminar el proceso de reunificación familiar, iniciado el año pasado, cuando decidí que mi vida tenía que continuar lejos de ese país al que tanto amo.

Pero Cuba está en una situación desesperante, agobiante, que te hace morir cada día un poco, en colas, inventando cómo encontrar papel sanitario, pollo, picadillo, un libra de malanga; recorriendo la Habana entera por un paquete de culeros desechables, sin hallarlo. Me cansé. Preferí partir, como otros muchos miles de cubanos, a lo desconocido, al riesgo, al peligro de muerte… Preferí escapar por mì, por mi hija, por los míos. Me cansé. Y este camino me ha regalado la oportunidad de conocer y compartir con otros que, como yo, se cansaron y juntos hemos vivido y vivimos aún duras experiencias. Para ellos dedicaré otras crónicas. Estoy feliz porque aún con todo no me ha faltado el cariño y el respeto de estos cubanos que partieron, como yo.Escribo esto sin haber llegado aún a Estados Unidos, y con la posibilidad de la deportación, del regreso y las consecuencias que me traería estar en Cuba después de hablar. Asumo el riesgo.

Para que nadie diga que me llené de valor después de cruzar la frontera. Para que no se justifiquen diciendo que por trabajar en Miami hay que hablar de régimen y dictadura, adelanto que hablo aunque no planeo vivir ni trabajar allí. Haré cualquier cosa, realizaré cualquier trabajo que me ofrezca una vida digna. Una vida donde conseguir papel sanitario no sea una heroicidad. Donde dar de comer a mi hija o comprarle juguetes o dulces con el fruto de mi trabajo, no sea un privilegio de unos pocos y un lujo casi inalcanzable para la mayoría. Creo que no es mucho pedir. Eso sí, usaré mi voz para dar a conocer la verdad desde sus muchos matices, con la mayor objetividad posible. Porque al final para eso estudié. Casi todo está dicho. Este soy.

Bloquéenme los que quieran, critíquenme los que puedan. Ya nada importa. Soy un migrante. Un desertor. Ahora sí soy un defenestrado. No estoy completo, una parte de mi quedó en Cuba. No soy feliz. No creo que ninguno que emigra lo sea toalmente. Pero soy libre y voy en pos de una vida digna. Eso me basta. Dios bendiga mis pasos en mi camino hacia la libertad.

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